Decir «no» a un hijo nunca suele resultar fácil. A ningún padre o madre le gusta ver la tristeza, el enfado o la decepción en la cara de su hijo cuando escucha una respuesta que no esperaba. Sin embargo, educar no consiste únicamente en ofrecer aquello que les hace felices, sino también en acompañarles cuando la vida no responde a sus deseos.
Con frecuencia pensamos que, si nuestro hijo se enfada porque le negamos algo, es porque no hemos sabido explicarnos bien o porque quizá deberíamos haber cedido. Nos cuesta sostener su malestar y, en ocasiones, terminamos cambiando nuestra decisión solo para que deje de llorar o de protestar.
Negar algunos deseos también educa.
Sin embargo, la educación emocional nos invita a mirar esta situación desde otro lugar. Negar algunos deseos también educa. Los niños no solo necesitan sentirse queridos cuando todo sale como esperan. También necesitan comprobar que sus padres pueden mantener una decisión importante incluso cuando ellos se enfadan.
Eso no significa decir «no» de cualquier manera. Las palabras que utilizamos marcan una gran diferencia. No es lo mismo responder con un seco «porque lo digo yo» que decir: «Sé que te hace mucha ilusión y que no te esperabas mi decisión.» No cambia el límite, pero sí cambia la forma en la que el niño se siente acompañado.
En otras ocasiones podemos decir: «Siento que te sientas así. Para mí es importante no darte permiso para hacer lo que me estás pidiendo.» Con esta respuesta no renunciamos a nuestra responsabilidad como adultos, pero tampoco ignoramos la emoción que está viviendo nuestro hijo
Mi decisión no tiene nada que ver contigo
A veces la decisión tiene que ver con la seguridad. Quizá nuestro hijo quiera ir a un lugar o hacer un plan para el que todavía no le vemos preparado. En ese caso podemos explicar: «Me gusta verte feliz y que puedas disfrutar con tus amigos, pero el plan que me has propuesto no lo veo claro.» O incluso: «Mi decisión no tiene nada que ver contigo, sino conmigo. No estaré tranquila si estás fuera de casa en este momento.»
Estas frases tienen algo en común. No atacan al niño, no cuestionan su capacidad ni le hacen sentir que el problema es él. Simplemente expresan que, como adultos, estamos tomando una decisión que creemos necesaria.
No es que no confíe en ti
Con frecuencia los adolescentes interpretan nuestros límites como una falta de confianza. Sin embargo, muchas veces la realidad es otra. Por eso resulta tan importante diferenciar ambas cosas y poder decirles: «No es que no confíe en ti; más bien, desconozco el lugar y prefiero esperar a que tengas un poco más de edad.»
Quizá una de las mayores dificultades para los padres sea aceptar que, cuando negamos un deseo importante, es normal que aparezcan el enfado, la tristeza o la decepción. Solemos interpretar esas emociones como un fracaso educativo o incluso como una forma de manipulación. Pero no siempre es así.
Cuando un niño o un adolescente no consigue aquello que desea, necesita expresar el malestar que siente. Esa reacción forma parte del proceso de aceptar una frustración.
educar con más serenidad
Nuestro papel no consiste en evitar todas las decepciones de nuestros hijos. Tampoco en eliminar inmediatamente su enfado. Nuestra tarea consiste en acompañar esas emociones sin abandonar el límite que consideramos adecuado. Porque crecer también implica descubrir que no siempre podremos hacer todo lo que queremos, cuando queremos y como queremos.
Y ese aprendizaje resulta mucho más fácil cuando un adulto es capaz de decir «no» con respeto, sostener el malestar de su hijo y recordarle, incluso en medio de su decepción, que sigue siendo profundamente querido.
Como me gusta recordar a muchas familias, cuando niegas a tu hijo algo que desea, tienes que asumir que su enfado, su decepción o su tristeza no son una forma de manipularte, sino la puerta de salida natural a su malestar. Comprender esto cambia profundamente la forma de vivir los límites y nos ayuda a educar con más serenidad y menos culpa


