La adolescencia no comienza de repente cuando nuestros hijos e hijas cumplen una determinada edad. Empieza a construirse mucho antes, desde los primeros años de vida, a través del vínculo, de las experiencias familiares y de la forma en la que los adultos respondemos a sus necesidades físicas, cognitivas y afectivas.
Por eso, cuando hablamos de una infancia bien tratada no nos referimos a una infancia sin dificultades, conflictos o frustraciones. Educar desde los buenos tratos significa acompañar el crecimiento con afecto, respeto, comprensión y límites seguros, ofreciendo a niños y niñas un entorno en el que puedan sentirse queridos, protegidos y reconocidos.
Cuanto mejor tratas a un niño, peor se porta
La parentalidad positiva nos invita a educar teniendo en cuenta el interés superior de la infancia. Esto supone cuidar, orientar, desarrollar capacidades y establecer límites que favorezcan un crecimiento saludable, sin recurrir a la violencia, el miedo, la culpa o la vergüenza.
Educar con respeto no significa ser permisivos. Del mismo modo, dejar atrás el autoritarismo no implica perder autoridad. Los niños y niñas necesitan adultos afectuosos y comprensivos, pero también firmes, coherentes y capaces de sostener los límites incluso cuando aparecen el enfado, la frustración o el conflicto.
Un límite seguro no busca controlar ni castigar, sino proteger, orientar y enseñar. Para ello, es importante diferenciar entre los castigos y las consecuencias educativas, lógicas o naturales. Mientras el castigo pretende que el niño sufra por lo que ha hecho, una consecuencia educativa trata de ayudarle a comprender lo sucedido, asumir su responsabilidad y aprender nuevas formas de actuar. Aplicando estos principios es posible que muchas veces nos de la sensación de que los niños se portan peor, peor en realidad son más libres, más expresivos y están menos coividos, nuestra labor será enseñarles gestión emocional, habilidades sociales y competencias emocionales para que sepan qué comportamiento es más adaptativo según el contexto.
Comprender la conducta para poder educar
Detrás de muchas conductas infantiles y adolescentes existe una necesidad, una emoción o una dificultad que todavía no saben expresar adecuadamente. Comprender qué puede haber detrás de un comportamiento nos permite responder de una manera más consciente y educativa.
Sin embargo, comprender no significa justificar cualquier conducta. Podemos reconocer que un niño está cansado, frustrado o enfadado y, al mismo tiempo, indicarle que no puede insultar, pegar o faltar al respeto. Las emociones siempre necesitan ser escuchadas, pero las conductas deben ser orientadas.
Cuando dejamos de preguntarnos únicamente «¿cómo consigo que deje de hacer esto?» y empezamos a pensar «¿qué necesita aprender?» o «¿qué le está ocurriendo?», nuestra respuesta cambia. Pasamos del control inmediato al acompañamiento educativo.
Las competencias emocionales comienzan en la infancia
Aprender a identificar, comprender y regular las emociones es un proceso que necesita tiempo, práctica y acompañamiento adulto. La infancia es una etapa fundamental para desarrollar el vocabulario emocional, la tolerancia a la frustración, la autoestima, la empatía, la autonomía y las habilidades necesarias para resolver conflictos.
Estas competencias serán especialmente importantes durante la adolescencia, una etapa de grandes cambios físicos, cerebrales, emocionales y sociales. Un adolescente que ha aprendido a reconocer lo que siente, pedir ayuda, afrontar una dificultad o expresar un desacuerdo con respeto contará con más recursos para relacionarse consigo mismo, con su familia y con su grupo de iguales.
Esto no significa que una infancia bien tratada garantice una adolescencia sin conflictos. La adolescencia implica necesariamente cambios, distanciamiento, búsqueda de identidad y necesidad de autonomía. Sin embargo, crecer en un entorno de buen trato construye una base emocional más segura desde la que afrontar todos esos cambios.
Los adultos también necesitamos educarnos
La crianza puede hacerse cuesta arriba. En ocasiones pensamos que son nuestros hijos e hijas quienes hacen que todo resulte difícil, cuando también pueden influir nuestro cansancio, nuestras preocupaciones, la falta de apoyo, nuestras heridas infantiles o nuestras propias dificultades para gestionar las emociones.
Por eso, para educar también necesitamos educarnos. La parentalidad positiva no busca padres y madres perfectos, sino adultos suficientemente conscientes y dispuestos a reflexionar, reparar sus errores y aprender nuevas formas de relacionarse.
Nuestros hijos no necesitan que nunca nos equivoquemos. Necesitan comprobar que podemos reconocer un error, pedir perdón, reparar el daño y volver a conectar. De esta manera, también les enseñamos que equivocarse no rompe los vínculos cuando existe responsabilidad y voluntad de reparar.
Construir hoy la relación que necesitaremos mañana
La adolescencia pone a prueba la relación familiar, pero también muestra todo lo que se ha ido construyendo durante los años anteriores. La comunicación, la confianza y la conexión emocional no aparecen de repente: se cultivan en los pequeños momentos cotidianos de la infancia.
Cada vez que escuchamos sin ridiculizar, ponemos un límite sin humillar, acompañamos una emoción sin intentar eliminarla o resolvemos un conflicto sin dañar el vínculo, estamos construyendo recursos para el futuro.
Una infancia bien tratada no es una infancia en la que todo se permite ni una adolescencia bien encaminada es aquella en la que nunca aparecen problemas. Se trata de educar para que nuestros hijos e hijas puedan crecer sintiéndose amados, aprendan a responsabilizarse de sus actos y desarrollen los recursos emocionales necesarios para afrontar la vida y construir relaciones saludables.
Porque el verdadero objetivo de la educación no es conseguir hijos que obedezcan siempre, sino acompañar a niños, niñas y adolescentes para que puedan llegar a ser personas emocionalmente competentes, responsables y capaces de tratar bien a los demás y a sí mismas.


