Vidas digitales seguras: educar para convivir también en el mundo digital

Los días 2 y 3 de septiembre participé en “Vidas digitales seguras. Ciberhigiene, privacidad y convivencia digital para la comunidad educativa”, un encuentro celebrado en CIVICAN Pamplona y organizado en torno a un reto que cada vez nos interpela más como familias, profesionales y comunidad educativa: cómo acompañar a niños, niñas y adolescentes en una realidad en la que lo presencial y lo digital ya no pueden entenderse como dos mundos separados.

Durante las dos jornadas, organizadas en el marco de los Cursos de Verano de la Universidad de Navarra, se abordaron cuestiones relacionadas con la ciberseguridad, la privacidad, la prevención, la convivencia, el cyberbullying, la responsabilidad digital y la necesidad de coordinar la actuación de familias, centros educativos y otros agentes.

Hay menos acoso pero más ciberacoso

Una de las ideas que me parece especialmente importante explicada por Itziar Irazabal de la Asesoría de convivencia del Gobierno de Navarra, ha sido que la convivencia ya no termina cuando un niño o un adolescente sale del centro educativo.

El entorno digital ha difuminado los límites que tradicionalmente separaban los diferentes espacios de su vida. Un conflicto que comienza en el aula puede continuar por WhatsApp, redes sociales o plataformas de juego durante la tarde, la noche o el fin de semana. Ya no existe necesariamente ese espacio de descanso que antes proporcionaba volver a casa.

Además, el entorno digital incorpora características nuevas: la enorme velocidad de difusión, la permanencia de determinados contenidos, el anonimato, la distancia física o la ausencia del lenguaje no verbal. Todo ello puede favorecer cierta desinhibición digital y hacer más difícil percibir el daño que nuestras acciones están provocando en otra persona.

Y aparece también un protagonista fundamental: el espectador. En el mundo digital observar, compartir, reenviar, comentar, dar un “me gusta” o permanecer dentro de determinados grupos también forma parte de la convivencia.

Cuando hablamos de cyberbullying, hablamos de muchas conductas diferentes

Los datos presentados durante el encuentro permiten comprender la diversidad de situaciones que pueden vivir las cibervíctimas. Las conductas analizadas afectan a porcentajes que oscilan entre el 2,9 % y el 20,1 %, siendo las más frecuentes los mensajes ofensivos por móvil o internet (20,1 %), las llamadas anónimas para asustar (12,6 %) y la difamación o difusión de rumores por internet (10,5 %).

Pero aparecen también chantajes, suplantaciones de identidad, robo de contraseñas, acoso sexual, difusión de imágenes privadas, aislamiento en redes sociales, amenazas o manipulación y difusión de fotografías y vídeos. Y detrás de estos comportamientos puede existir un sufrimiento que no deberíamos minimizar.

Las consecuencias descritas abarcan el ámbito académico, emocional, psicosocial y psicopatológico: dificultades escolares, inseguridad, soledad, baja autoestima, culpa, vergüenza, miedo, ira, aislamiento social, alteraciones del sueño, ansiedad, depresión, autolesiones o ideación suicida, entre otras. Por eso, cuando un adolescente nos cuenta algo que está sucediendo en su vida digital, quizá lo primero que necesita no sea que decidamos rápidamente qué hacer, sino sentir que comprendemos la importancia que aquello tiene para él.

La conexión emocional también protege en el mundo digital

Esta fue precisamente una de las ideas que quise aportar durante mi participación en la mesa “Actuación educativa coordinada ante los retos de la convivencia digital”, junto a Iñaki Apesteguía y Aitor Ruiz. Hablamos mucho de conexión digital, pero necesitamos hablar también de conexión emocional.

La educación emocional no consiste únicamente en enseñar a los niños el nombre de las emociones. Implica desarrollar progresivamente competencias de conciencia emocional, regulación emocional, autonomía emocional, competencia social y competencias para la vida y el bienestarCuando un niño ha aprendido a identificar lo que siente, expresarlo, regularlo y pedir ayuda, tendrá más recursos cuando llegue a la adolescencia y tenga que enfrentarse a situaciones mucho más complejas.

Porque algunas experiencias digitales son tremendamente sutiles. Puede que nadie haya insultado a una adolescente ni exista una agresión que pueda mostrarnos, pero descubre que sus amigas tienen un grupo de WhatsApp en el que ella no está. Siente tristeza, miedo al rechazo y miedo a quedarse sola. Desde fuera podemos pensar que “no es para tanto”. Para ella puede ser profundamente doloroso.

Necesitamos que nuestros hijos puedan mostrarse vulnerables ante nosotros y confiar en que pedirnos ayuda mejorará la situación y no la empeorará. Porque si un adolescente pide ayuda una vez y nuestra intervención le perjudica, posiblemente la próxima vez decida callarse.

Acompañar no es lo mismo que controlar

Otra de las cuestiones que surgieron fue dónde colocar el límite entre protección, supervisión y autonomía. Durante mi intervención compartí un caso de grooming que había acompañado profesionalmente. Se trataba de una niña de 12 años que ni siquiera tenía teléfono móvil propio. Utilizaba durante unos minutos el teléfono de su madre y comenzó a relacionarse a través de Snapchat con alguien que aparentemente era otro adolescente.

La madre comenzó a percibir pequeños cambios en el comportamiento de su hija. No sabía qué ocurría, pero conocía muy bien a su hijaY aquí encontramos algo que ninguna aplicación de control parental puede sustituir completamente: el vínculo. La situación terminó poniéndose en conocimiento de la policía y se confirmó que se trataba de un caso de grooming en el que había otras menores implicadas.

La pregunta entonces es fundamental: ¿qué hacemos con esa niña? ¿La castigamos? ¿Le prohibimos cualquier acceso? ¿Le hacemos sentir culpable por haberse expuesto? ¿O comprendemos que ha sido víctima de la manipulación de un adulto y actuamos para protegerla? La experiencia muestra algo muy importante: el vínculo construido mucho antes de que aparezca el problema digital se convierte en un factor de protección cuando el problema llega. No elimina todos los riesgos, pero puede facilitar que un menor reconozca una situación peligrosa, pida ayuda, acepte nuestra intervención o permita que actuemos cuando él todavía no puede hacerlo.

Mirar qué hay detrás del tiempo de pantalla

También me resultó especialmente interesante una reflexión surgida desde el ámbito deportivo: antes de quedarnos únicamente con que un adolescente pasa seis u ocho horas utilizando el móvil, deberíamos preguntarnos qué hay detrás de esas horas.

Las redes pueden convertirse en un escaparate permanente para la comparación. Siempre habrá alguien aparentemente más guapo, más feliz, más exitoso, con mejores resultados o con una vida aparentemente más interesante. Y en la adolescencia, precisamente cuando se está construyendo la identidad, esa exposición tiene un significado especial.

Por eso los adultos necesitamos acercarnos al mundo digital con curiosidad. Si nuestros hijos utilizan Instagram, TikTok, Snapchat o cualquier otra plataforma, necesitamos conocer mínimamente los espacios en los que se están relacionando. No para convertirnos en vigilantes permanentes, sino para poder comprenderlos y acompañarlos.

Familia y escuela no pueden recorrer caminos diferentes.

Algo que se quiso recalcar en el evento fue la responsabilidad del ejemplo, no podemos pedir a los menores comportamientos digitales que los adultos no estamos dispuestos a revisar en nosotros mismos. ¿Qué uso hacemos del móvil cuando estamos con ellos? ¿Qué compartimos de nuestros hijos? ¿Cómo hablamos en los grupos de WhatsApp? ¿Qué modelo ofrecemos sobre privacidad, respeto, exposición o utilización de las redes?

La educación digital necesita normas y límites, por supuesto. Pero necesita también modelado, conversación, acompañamiento, vínculo y coherencia adultaDesde los centros educativos se plantearon durante estas jornadas diferentes líneas de actuación: formación para una digitalización responsable, educación ética, identificación de las diferentes formas de violencia, espacios de diálogo, prácticas restaurativas, competencias digitales y ciudadanas, trabajo específico con los espectadores, figuras de ciberayuda, concienciación jurídica y trabajo comunitario.

Quizá el gran reto sea conseguir que nuestros niños, niñas y adolescentes conozcan sus derechos, asuman responsabilidades y comprendan que la competencia digital también es ciudadaníaPor eso quizá nuestra mejor herramienta educativa no sea intentar anticiparnos a cada nuevo riesgo, sino construir desde la infancia vínculo, criterio, competencias emocionales y confianza suficientes para que puedan desenvolverse en ese mundo sin tener que hacerlo solos.

Imagen de Leticia Garcés Larrea

Leticia Garcés Larrea

Es pedagoga especializada en Educación Emocional y Parentalidad Positiva y directora del Centro de Orientación Familiar Padres Formados. Desde 2010 trabaja en la orientación familiar y la formación de madres, padres y profesionales, e imparte conferencias y talleres sobre Educación Emocional, Parentalidad Positiva y buenos tratos hacia la infancia, tanto en España como a nivel internacional, con experiencias en Colombia, México y Guatemala.

A lo largo de su trayectoria ha desarrollado también su labor docente en diferentes universidades, entre ellas la UNED y la UNIR, y cuenta con experiencia en proyectos educativos y de cooperación en Guatemala. Desde 2012 ha impulsado y organizado en Navarra diferentes eventos de Educación Emocional dirigidos a familias, docentes y profesionales.

Es autora y coautora de diversas publicaciones y recursos educativos, entre ellos la colección de cuentos y canciones Emociónate, los libros Padres Formados, hijos educados e Infancia bien tratada, adolescencia bien encaminada, la guía Educar sin miedo y el cuento Dragombolo saca el bolo. Además, es impulsora de la campaña de sensibilización Educar sin miedo, creada para promover los buenos tratos hacia la infancia.