Estos días tengo la oportunidad de dirigir en UNED Pamplona el curso «Educación, trauma y crianza consciente», un espacio de formación y reflexión sobre infancia, adolescencia, vínculos y educación desde diferentes perspectivas profesionales. En la primera jornada hemos contado con Carlos Pitillas y Alma Serra, y me llevo muchas ideas que conectan profundamente con mi manera de entender la educación.
Carlos Pitillas nos ha ayudado a comprender cómo las heridas emocionales y las experiencias del pasado pueden influir en nuestra manera de relacionarnos y también en nuestra forma de criar. Una de las ideas que más me ha hecho reflexionar es que la conducta tiene una historia.
Cada conducta tiene una historia
Cuando un niño tiene una rabieta, responde agresivamente o un adolescente se distancia, es fácil quedarnos únicamente con aquello que vemos. Sin embargo, una mirada sensible al trauma nos invita a ampliar la pregunta: además de pensar «¿por qué hace esto?», podemos preguntarnos «¿qué puede estar ocurriendo detrás de esta conducta?» o incluso «¿qué ha tenido que aprender para sentirse seguro?».
Comprender no significa justificar ni dejar de poner límites. Podemos entender el enfado de un niño y no permitir que pegue; comprender la frustración de un adolescente y enseñarle que no puede insultar. El límite sigue siendo necesario, pero cambia nuestra manera de ponerlo cuando somos capaces de ver a la persona que tenemos delante.
Mentalizar es necesario para acompañar
También hablamos de mentalización, de la capacidad de tener la mente del niño en nuestra mente. Nuestros hijos no solo expresan sus emociones y necesidades: en muchas ocasiones también activan nuestra propia historia, nuestros miedos y nuestras heridas. Ser conscientes de ello puede ayudarnos a no responder automáticamente desde nuestro propio malestar.
Y me quedo especialmente con la importancia de la reparación. Educar conscientemente no significa hacerlo todo bien. Nos equivocaremos, perderemos la paciencia y habrá ocasiones en las que no actuemos como nos hubiera gustado. Lo verdaderamente educativo también está en saber regresar a la relación, reconocer el error y poder decir: «No lo he hecho bien», «Creo que te he asustado», «Perdona, vamos a intentarlo de otra manera».
Nuestra historia influye en cómo educamos
Después, Alma Serra amplió esta mirada hacia los vínculos, los cuidados, la comunidad y la transmisión intergeneracional. Nuestra historia influye en quiénes somos y en cómo nos relacionamos, pero no tiene por qué determinar nuestro futuro. Podemos comprender lo aprendido, revisar aquello que ya no nos ayuda y construir otras maneras de relacionarnos.
Quizá educar conscientemente tenga mucho que ver con esto: comprender antes de reaccionar, poner límites sin dañar y conseguir que nuestra propia historia no dirija automáticamente la relación con nuestros hijos.
Hoy continuamos la segunda jornada con Lluís Ballester, que abordará los impactos sociales, emocionales y sexuales del consumo de pornografía y su influencia en los procesos de formación y socialización. Después cerraré el curso con mi intervención «Educar desde la ciencia para llegar a la adolescencia con mayor consciencia».
Dos jornadas para seguir aprendiendo algo que considero esencial: detrás de una conducta siempre merece la pena preguntarnos qué está ocurriendo.


