Del apego seguro a la autonomía emocional. Leticia Garcés

Facebook
Twitter
LinkedIn

“Educar no es tanto enseñar sino facilitar que el otro encuentre en ti lo que necesita aprender” Leticia Garcés Larrea

Las investigaciones científicas de las últimas décadas han demostrado la importancia que tiene para el desarrollo sano, físico y mental de los niños y las niñas, no sólo una alimentación adecuada, sino el hecho de que sean criados y educados en un ambiente de aceptación, respeto, afectividad y estimulación. La neurociencia ha demostrado que la organización y el funcionamiento del cerebro dependen no solo de la genética sino de las interacciones con el entorno familiar y social durante su gestación. (Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan). Por lo tanto, poner atención a todo lo que un menor absorbe sobre todo en sus tres primeros años de vida del entorno familiar, escolar y social, no solo es importante sino vital para un buen desarrollo físico y emocional. Aunque sabemos que la vida adulta no está determinada por la infancia porque afortunadamente el cerebro es plástico, moldeable y modificable, esto no quita que lleve las marcas que durante la infancia fueron grabadas en la memoria implícita, donde se guardan los recuerdos inconscientes que más impacto emocional tuvieron. De ahí la importancia de que los adultos que acompañan los procesos de aprendizaje de un menor dispongan de competencias parentales suficientes.

Hay una frase que me acompaña siempre y es Detrás de un “te odio” hay un “no te vayas de mi lado”. Si alguna vez te han llegado a decir algo parecido a “eres la peor madre del mundo” estás de enhorabuena, te enfrentas a la mejor prueba de amor para ver más allá de la mera conducta, delante tenemos un menor enfadado, confuso, ahogado por emociones “negativas” que en el fondo está deseando que no tengas en cuenta sus palabras, pero sí, que atiendas como se siente. Ante este escenario hemos podido reaccionar de muy distintas maneras, haciendo caso omiso, quitando importancia con ironía o reaccionando de manera impulsiva o desmedida, ¿desde qué emoción hemos respondido a esa situación? La rabia o el miedo suelen ser las protagonistas en la mayoría de los casos. Desde luego que, si lo hemos hecho validando la emoción expresada, sin juzgar, escuchando activamente y respondiendo con asertividad, es sin duda porque hemos demostrado tener en ese momento al menos, una alta inteligencia emocional.

La autonomía emocional precisamente es la que nos permite desapegarnos de las personas que queremos gracias a que tenemos confianza en el vínculo afectivo creado, aunque nos cueste reconocerlo, los padres necesitamos emocionalmente más a nuestros hijos que al revés, por eso cuando por medio de su conducta desagradable, molesta, inoportuna o incomoda nos muestran que nos necesitan, pero no tan cerca o no tanto como cuando eran bebés dependientes de nuestros cuidados, según el tipo de madurez que tengamos, lo podemos vivir como una amenaza a nuestra estabilidad emocional, incluso existencia, ¿a quién vamos a cuidar ahora?

Cierto es, que en general, los cuidados personales los hemos desatendido tanto durante la crianza de nuestros hijos/as que cuando nos toca volver a estar con nosotros mismos porque al crecer ya no nos necesitan tanto, podemos sentir un vacío, un silencio incomodo, una realidad que quizás nos abrume. ¿Quién soy sin mis hijos? El nido vacío lo llaman algunos.

Hay una frase de Jorge Bucay que me gusta mucho, “El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea
quien es” pero en este educar para la autonomía emocional, también hay que considerar el desapego emocional, “te amo pero soy feliz sin ti” sería un buen titular.  ¿Cómo educar emocionalmente sanos a nuestros hijos/as sin miedo a que nos dejen de necesitar? Sin duda con Inteligencia emocional, Rafael Bisquerra, experto en educación emocional, suele decir, que hoy en día esta inteligencia nos permite desarrollar las competencias que permiten afrontar los grandes retos de la sociedad actual, ansiedad, depresión y conflictos en general. Nacemos con capacidades, pero si no hay educación emocional y en valores pueden quedar atrofiadas. Así que empecemos a entrenar las distintas competencias emocionales (conciencia y regulación emocional, asertividad, resiliencia, autoestima, comunicación positiva, etc ) para que nuestros hijos e hijas encuentren en nosotros ese ejemplo a imitar que les permita despegar desde el apego seguro creado durante la infancia y así alcanzar una autonomía emocional durante la vida adulta.

Leticia Garcés Larrea

Leticia Garcés Larrea

Pedagoga por la Universidad de Navarra (2009), Postgrado en Educación Emocional y Bienestar en la Universidad de Barcelona (2016), Máster en Inteligencia Emocional (2017) y estudios de Neuroeducación (2018) en la UNED de Madrid. En 2010 fundó la plataforma Padres Formados, a través de la cual gestiona las formaciones que imparte a familias y profesionales en temas relacionados con la educación emocional tanto presencial como online. Desde 2012 organiza eventos formativos como jornadas de prevención para la salud emocional y congresos de educación emocional en Navarra. Vivió y trabajó en centros de menores en Guatemala y coordinó proyectos de cooperación y educación (2002-2007). Colabora con Eduemo Lab, laboratorio de educación emocional de la UNED. Impulsora de la campaña de sensibilización #educarsinmiedo Autora del libro “Padres Formados, hijos educados” y la colección de cuentos y disco de canciones “Emocionate”.

Ir arriba