Los días 6 y 7 de mayo tuve la oportunidad de participar en el I Congreso Internacional de Familias organizado por el Gobierno Vasco en el Palacio de Congresos Europa de Vitoria-Gasteiz, un encuentro centrado en reflexionar sobre los retos, fortalezas y necesidades de las familias en un momento de importantes cambios sociales, emocionales y educativos.
Dentro del programa participé junto a Cristina Gutiérrez Lestón (La Granja Escola), experta en inteligencia emocional de niños, jóvenes y adultos, en la ponencia dinámica e interactiva “Buenas prácticas y experiencias inspiradoras” y también tuvimos el privilegio de escuchar a grandes referentes como Laura Rojas-Marcos que habló de la resiliencia es desarrollar una personalidad resistente y Javier Urra, que hizo una fantástica conferencia donde defendió el papel de la ilusión y de las expectativas de futuro como antídotos frente al malestar contemporáneo.
"La familia es la primera escuela emocional"
«Buenas prácticas y experiencias inspiradoras» con Cristina Gutiérrez Lestón y Leticia Garcés.
Fue una experiencia muy enriquecedora donde pudimos compartir nuestra manera de acompañar a familias, niños, niñas y adolescentes desde una mirada basada en la parentalidad positiva, los buenos tratos, el vínculo afectivo, los límites seguros y el amor incondicional, alejándonos de modelos educativos centrados en el castigo, el miedo o la sobreprotección.
Durante la intervención, Cristina defendió una idea con la que conecto profundamente: “la educación emocional no consiste únicamente en hablar de emociones, sino en entrenar competencias emocionales concretas y medibles”. Compartió la importancia de trabajar habilidades como la autoconciencia emocional, la regulación emocional, la autonomía emocional, las competencias sociales y las competencias para la vida y el bienestar, recordando que todas ellas pueden entrenarse y fortalecerse tanto en casa como en la escuela.
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Uno de los conceptos más inspiradores que compartió fue el de las “madrigueras emocionales”: espacios seguros donde niños, niñas y adolescentes puedan sentirse vistos, escuchados, aceptados y acompañados sin miedo al juicio o al rechazo. Como dijo durante la ponencia: “Sin confianza nada funciona, y ese mundo empieza dentro de nosotros mismos.”
Por mi parte, quise poner el foco en la vulnerabilidad de la infancia y la adolescencia. Acompañar emocionalmente implica comprender que muchas veces detrás de determinadas conductas existen necesidades emocionales no expresadas, inseguridades, miedos o dificultades para regularse.
Durante mi intervención compartí una reflexión que considero fundamental:
“Cuando acompañamos a la infancia y a la adolescencia estamos cara a cara con la vulnerabilidad.”
Creo profundamente que solo desde un vínculo seguro los niños y adolescentes pueden mostrarse tal y como son, expresar lo que sienten y construir una autoestima sana. También defendí la idea de que la educación emocional no puede quedarse únicamente en la teoría o en discursos bienintencionados. Hablar de emociones es importante, pero necesitamos vivir esa teoría, integrarla y convertirla en una manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
En este sentido, compartí la idea del ikigai, ese concepto japonés relacionado con el propósito vital y con construir una vida con sentido, una vida que merezca la pena ser vivida.
La mesa redonda generó un clima muy cercano, reflexivo y humano, donde muchas familias y profesionales pudieron sentirse identificados con las experiencias compartidas. Salgo de este encuentro con la sensación de que seguimos necesitando espacios donde el vínculo, la regulación emocional, la confianza y los buenos tratos ocupen un lugar central.
Porque acompañar emocionalmente a la infancia y a las familias no es una moda; es una necesidad social, educativa y profundamente humana. Y además, tengo que añadir que participar en este congreso fue una manera preciosa y profundamente significativa de celebrar mi 44 cumpleaños. Porque cumplir años ya es un regalo, pero poder hacerlo rodeada de personas que dedican su vida a cuidar, proteger y fortalecer los vínculos familiares y humanos lo convirtió en algo todavía más especial.


