La segunda jornada del curso «Educación, trauma y crianza consciente», celebrado en UNED Pamplona los días 28 y 29 de septiembre de 2026, nos permitió continuar reflexionando sobre una pregunta que considero fundamental para quienes acompañamos a niños, niñas, adolescentes y familias: ¿cómo podemos educar durante la infancia pensando también en los recursos que nuestros hijos necesitarán cuando llegue la adolescencia?
Si durante la primera jornada, junto a Carlos Pitillas y Alma Serra, habíamos puesto especialmente la mirada en el trauma, los vínculos, nuestra propia historia y la necesidad de comprender qué puede haber detrás de determinadas conductas, el segundo día nos permitió avanzar hacia algunos de los desafíos que aparecen durante la adolescencia.
Para ello contamos con Lluís Ballester Brage, que abordó los impactos sociales, emocionales y sexuales del consumo de pornografía y su influencia en los procesos de formación y socialización. Después tuve la oportunidad de cerrar el curso con mi ponencia «Educar desde la ciencia para llegar a la adolescencia con mayor consciencia». Ese era precisamente el título y el propósito de mi intervención: partir de lo que sabemos sobre el desarrollo infantil para preguntarnos qué podemos hacer los adultos durante esos primeros años.
Lluís Ballester: comprender una realidad que forma parte de la adolescencia actual
La intervención de Lluís Ballester puso sobre la mesa una cuestión que preocupa especialmente a familias, educadores y profesionales: el consumo de pornografía y sus posibles impactos sociales, emocionales y sexuales. La pornografía no puede analizarse únicamente como el acceso a determinados contenidos sexuales. Su intervención nos invitaba a situarla dentro de un proceso más amplio: el de la formación y socialización de adolescentes y jóvenes.
La adolescencia es una etapa en la que se está construyendo la identidad, aparecen o se intensifican las primeras relaciones afectivas y sexuales y cobra especial importancia la pertenencia al grupo. En ese proceso, los adolescentes reciben información y modelos desde lugares muy diferentes, y el entorno digital ocupa un espacio cada vez más importante.
Por eso necesitamos adultos capaces de abordar estas cuestiones. No parece suficiente esperar a que exista una dificultad para comenzar a hablar de sexualidad, pornografía o relaciones. La prevención también implica poder generar conversaciones, ofrecer referentes y mantener abierta una vía de comunicación.
Y mientras escuchaba a Lluís pensaba precisamente en esto: llegará un momento en el que nuestros hijos tendrán que enfrentarse a muchas situaciones sin que nosotros estemos delante. No podremos controlar todo lo que ven, escuchar todas sus conversaciones, conocer cada relación ni decidir por ellos. Entonces, ¿qué queremos que tengan cuando nosotros no estemos?
Ahí comenzaba, de alguna manera, mi intervención.
Mirar hacia la infancia para preparar la adolescencia
Mi ponencia comenzó mirando hacia nuestra propia infancia para terminar mirando hacia nuestros hijos.
Porque los recuerdos de nuestra infancia nos acompañan también cuando educamos. Nuestra forma de reaccionar ante el llanto, el enfado, la dependencia, la frustración o el desafío de un hijo no aparece de la nada. Nosotros también llegamos a la crianza con una historia. Pero conocer nuestra historia no significa quedar determinados por ella. Puede ayudarnos a comprender nuestras respuestas y a decidir qué queremos conservar y qué queremos hacer de otra manera.
A partir de ahí quise acercar algunas investigaciones que nos permiten comprender mejor cómo las experiencias tempranas pueden relacionarse con el desarrollo emocional. Uno de los estudios que presenté analizaba la respuesta cerebral de niños que habían sufrido maltrato ante diferentes expresiones emocionales. Participaron 41 niños, 18 con experiencias de maltrato familiar y 23 sin antecedentes de maltrato. Durante una resonancia magnética funcional se les mostraron durante tan solo 17 milisegundos rostros enfadados, alegres y neutros.
Los niños que habían sufrido maltrato mostraron una mayor activación de la amígdala derecha tanto ante rostros enfadados como alegres. Además, cuanto antes había comenzado el maltrato emocional o la negligencia, mayor era la activación ante los rostros enfadados, y cuanto más había durado el maltrato emocional, mayor era la respuesta ante expresiones de enfado y alegría.
Estos resultados nos permiten acercarnos de otra manera a algunas conductas.
¿Qué queremos encontrar cuando llegue la adolescencia?
Durante la pubertad se intensifican los sistemas emocionales y de recompensa mientras la corteza prefrontal continúa madurando. Esta realidad ayuda a comprender la mayor reactividad, la búsqueda de recompensas y algunas respuestas impulsivas propias de esta etapa. Por eso, cuando pienso en la adolescencia, mi objetivo no es encontrar un adolescente obediente.
Quiero encontrar a un adolescente que, progresivamente, pueda identificar lo que siente, pensar antes de actuar algunas veces, reconocer situaciones que le hacen daño, expresar desacuerdo, tolerar un no, pedir ayuda, tomar decisiones, asumir consecuencias y mantener la comunicación con sus adultos de referencia.
Y aquí es donde las intervenciones de Lluís y la mía volvían a encontrarse.
Si durante la adolescencia nuestros hijos van a encontrarse con la pornografía, las redes sociales, las primeras relaciones, la presión del grupo y otras situaciones que no podremos controlar completamente, necesitamos preguntarnos qué capacidades les estamos ayudando a desarrollar antes.
Educar hoy pensando en cuando nosotros no estemos delante
Al terminar esta segunda jornada me quedé precisamente con esa conexión entre dos intervenciones aparentemente muy diferentes. Lluís Ballester nos mostró algunos de los desafíos que forman parte del contexto en el que están creciendo nuestros adolescentes y la necesidad de abordar la pornografía, la sexualidad y las relaciones desde el conocimiento y la prevención.
En mi intervención intenté retroceder hasta la infancia y preguntarnos qué podemos hacer mucho antes de que esas situaciones aparezcan.No podremos construir para nuestros hijos una adolescencia sin riesgos. Tampoco podremos tomar siempre las decisiones por ellos.
Pero sí podemos conectar antes de corregir, escuchar antes de solucionar, nombrar emociones, establecer límites sin humillar, permitir frustraciones asumibles, dejarles participar en pequeñas decisiones, no resolver aquello que ya pueden intentar, reparar cuando nos equivocamos y hablar de los temas difíciles antes de que aparezcan.


