Si no vas a comprar, ¡fuera!

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El buen trato va por delante de quien tengo delante

Es posible que haya vivido situaciones similares más veces pero que me hayan pasado desapercibidas o que las que recuerdo son las que más me han impactado, sí, más bien lo segundo porque el cerebro recuerda aquello que le emociona y cualquier emoción puede lograr este impacto.  Recuerdo dos momentos desagradables vividos en dos establecimientos. El primero, estaba comprando el pan, y uno de los niños con los que yo iba se apoyó sobre el mostrador sin percatarse de que estaba empujando una bandeja de bollos, que no llegó a tirar pero si a desplazar de su lugar. La tenderá sin pensarlo mucho, si lo hubiera hecho espero que su reacción hubiera sido distinta, le miro y le dijo algo así “¡Niño, como me tires los bollos te los vas a comer uno a uno!” Me impacto tanto su reacción que solo pude pagar el pan y marcharme. Más tarde es cuando suelo pensar, “le tenía que haber dicho” pero también hago el ejercicio de ponerme en su lugar para comprender de donde parten estás reacciones “seguro que no es el primer niño que le tira algo y este se ha llevado todas las broncas juntas, estaría cansada, con ganas de terminar, tendría un mal día, ¿que le habrá pasado para reaccionar así? ¿sera su carácter? etc.” Cuando hacemos el ejercicio de comprender los motivos de una persona, ejercitamos nuestra empatía, pero teniendo claro que lo que comprendemos nunca justificamos.

Podemos comprender, nunca justificar porque todo deja huella

¿Recordáis el ejemplo que se pone de la hoja de papel?  “Las personas somos como una hoja de papel blanca y lisa, cada vez que tratamos mal a una persona, se arruga la hoja hasta convertirse en una bola de papel arrugada. Cuando eres consciente de ello, mediante el perdón o la reconciliación quieres que la hoja vuelva a tener su forma original, estiras la bola de papel, le quitas las arrugas con la mano y es cierto, ya no está tan arrugada, pero las arrugas no se van, las palabras dejan huella, marcas, cicatrices.” Este ejemplo es muy ilustrativo, las personas podemos tener una excusa real pero no por eso valida. Podemos creer que tenemos mucho carácter, digo creer porque generalmente los que se describen así en realidad lo que tienen es falta de autorregulación emocional, algo que han practicado poco o nada, podemos tener un mal día, incluso estar hartos de que nos pase lo mismo cada día por trabajar cara al publico, pero tenemos una responsabilidad frente a esa publico y es en parte, no generar arrugas en su hoja de papel, en su historia de vida. Más aún si se trata de menores que la están escribiendo.

Si no vas a comprar, ¡fuera!

La siguiente situación que me impactó no fue hace mucho. Estaba con un grupo de niños y niñas en un establecimiento, necesitaba comprar algo rápido y les pedí que por favor me esperasen en la entrada, aunque dentro. Ellos así lo hicieron. Reconozco que cuando pasas mucho tiempo con un grupo de niños te acostumbras al ruido que generan con el juego continuo, te molesta menos el movimiento y toleras más ciertas conductas que no tenemos los mayores por haber adquirido una serie de habilidades sociales, aunque no todos ni siempre. Los adultos seguimos aprendiendo en la escuela de la vida. El caso es que ya estaba pagando y apunto de marcharme cuando oigo que una de las tenderas dice algo así “Niños, ¿vais a comprar?” No, contestan. Obvio estaba comprando yo. ¡Pues fuera!” Nuevamente me bloquee, le mire diciéndole que estaban conmigo y que ya me iba, ella cambio el tono de voz y me explico los motivos, es cierto que estaban con patinetes, aunque no patinando y que si entraba una persona mayor, que no había entrado, se podía caer, que no había sucedido. Hice mi ejercicio personal. ¿Es posible que estuvieran molestando? Si, es posible. ¿Es posible que estuvieran hablando muy alto? Si, es posible. ¿Hubiera sido mejor que me esperasen fuera? Si, posiblemente mucho mejor. Pero la misma explicación que me dio a mi, tan bien argumentada y que comprendí a la perfección, ¿la hubieran entendido ellos? Por supuesto que si. La diferencia es que ellos son niños y tenemos asumido que les podemos hablar de cualquier manera. Sin embargo, nosotros como adultos no toleramos tan fácilmente que se dirijan a nosotros de cualquier manera.

Aceptar un mal trato por el rol que desempeñamos

Las dos veces que he presenciado una escena así he vivido el mismo proceso. Primero me bloqueo de lo que me afecta la situación, en esos instantes pienso que quiero hacer, si decido hablar con la persona tengo que tener claro que hay unos cuantos ojos mirándome y aprendiendo del modelo que les doy por lo tanto solo si me veo capaz de defender una situación con argumentos y con una comunicación asertiva me tiro a la piscina, valoro si es un buen momento para mi, si tengo prisa quizás no me quiera detener en algo así y si dispongo del tiempo pero no veo por la otra parte la capacidad de responder a mi malestar, puedo decidir dejarlo para cuando tenga más claro cómo abordar esta situación. Mientras estoy sumergida en mis pensamiento, observo a los niños y me doy cuenta de que ellos siguen igual, la afectada soy yo, parece que la bomba no ha estallado para ellos. ¡Ahhhhhh, entiendo! Están acostumbrados. Tienen asumido que como son menores pueden ser tratados así, son tratados así y lo aceptan. Por lo tanto, lo toleran. Desde luego en estas situaciones me suelo preguntar, ¿si yo hubiera desplazado los bollos me hubiera dicho, de adulta a adulta, que me los iba a comer uno a uno? Si yo fuera la que estoy con un grupo de amigas en la entrada, quizás riéndome alto porque en ese momento olvido que hay gente a mi alrededor, ¿me hubiera dicho, si no vas a comprar fuera? O quizás me hubiera pedido con amabilidad que bajara el tono de voz porque molesto, algo que quizás me hubiera hecho sentir vergüenza, porque lo que menos quiero es molestar, pero hubiera aceptado perfectamente. No estamos hablando de que hay que dejar que los niños hagan lo que quieran y que no haya que llamarles la atención, sino que para hacerlo, cuando es necesario hacerlo, las formas quizás son lo más importante.

¡Cuidado con lo que normalizamos!

Las dos veces que he vivido estas situaciones de “mal trato” hacía la infancia lo que más me ha llamado la atención es lo normalizado que estaba en ambas direcciones. Para un adulto es normal dirigirse así a un niño y para un niño es normal que se dirijan así por ser niño. Aunque hagamos un ejercicio de comprensión, pensar los motivos que pueda tener una persona para actuar así puesto que cuando una persona se siente mal, actúa desde su malestar.  Lo cierto es que en este caso, más bien creo, que estas personas actuaban desde una creencia, una mirada, una manera de ver que tienen normalizada y eso justifica que se dirijan con respecto según quien tienen delante. Como siempre que comparto mis reflexiones no es para cuestionar a las personas sino las conductas que tenemos las personas y como cuando veo algo que no me gusta se que posiblemente sea algo que esté en mi porque las personas nos hacemos de espejo, hoy pongo el foco en mi, ¿cuantas cosas tengo normalizadas en mi?  Propongo que cada uno trabaje en cambiar aquello que es mejorable en sí mismo, desde luego para este 2020 ese será mi nuevo propósito, cambiar lo cambiable, por lo tanto, mejorar.

Leticia Garcés Larrea

Leticia Garcés Larrea

Pedagoga por la Universidad de Navarra (2009), Postgrado en Educación Emocional y Bienestar en la Universidad de Barcelona (2016), Máster en Inteligencia Emocional (2017) y estudios de Neuroeducación (2018) en la UNED de Madrid. En 2010 fundó la plataforma Padres Formados, a través de la cual gestiona las formaciones que imparte a familias y profesionales en temas relacionados con la educación emocional tanto presencial como online. Desde 2012 organiza eventos formativos como jornadas de prevención para la salud emocional y congresos de educación emocional en Navarra. Vivió y trabajó en centros de menores en Guatemala y coordinó proyectos de cooperación y educación (2002-2007). Colabora con Eduemo Lab, laboratorio de educación emocional de la UNED. Impulsora de la campaña de sensibilización #educarsinmiedo Autora del libro “Padres Formados, hijos educados” y la colección de cuentos y disco de canciones “Emocionate”.

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