El enfado es una emoción tan necesaria como el miedo, la tristeza o la alegría. Gracias a él detectamos que algo no nos parece justo, que se ha traspasado un límite o que una necesidad importante no está siendo atendida. El problema no es sentir enfado. El verdadero problema es que muy pocos hemos aprendido a expresarlo de forma saludable.
Durante años, muchos adultos crecimos escuchando frases como «no te enfades», «contrólate», «cállate» o «ya se te pasará». Nadie nos enseñó qué hacer con esa emoción cuando aparecía. Aprendimos a reprimirla, a explotar o a descargarla sobre quienes más queremos. Por eso, cuando nos convertimos en padres, es normal descubrir que expresar el enfado de una manera respetuosa resulta mucho más difícil de lo que imaginábamos.
Educar en positivo no significa no enfadarse.
Educar en positivo no significa no enfadarse. Tampoco consiste en sonreír cuando una conducta de nuestro hijo nos preocupa o nos duele. Significa expresar ese enfado sin humillar, sin etiquetar y sin dañar el vínculo. Los niños necesitan saber que sus padres también sienten frustración, decepción o preocupación. Lo que realmente les ayuda es comprobar que esas emociones pueden comunicarse con firmeza y, al mismo tiempo, con respeto.
No es lo mismo decir: «Siempre haces lo mismo, eres un desastre», que expresar: «Estoy enfadado porque habíamos acordado otra cosa». Tampoco es igual gritar impulsivamente que explicar con calma por qué una conducta nos ha molestado. Cuando hablamos desde lo que sentimos y describimos el comportamiento concreto, el niño escucha mucho mejor el mensaje y no siente que él, como persona, está siendo rechazado.
Expresar el enfado de forma saludable también supone enseñar responsabilidad.
Expresar el enfado de forma saludable también supone enseñar responsabilidad. Podemos decir: «Estoy preocupado porque no me avisaste de que ibas a llegar tarde», «Me molesta que todavía no hayas recogido tu habitación» o «Estoy decepcionado porque habíamos hablado de la importancia de contarme estas cosas». Son mensajes firmes, sinceros y respetuosos que ayudan a nuestros hijos a comprender las consecuencias de sus actos sin poner en duda el cariño que sentimos por ellos.
Nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos que les muestren que todas las emociones tienen un lugar, también el enfado. Porque cuando aprendemos a regularlo y expresarlo con respeto, deja de ser una emoción que destruye la relación y se convierte en una oportunidad para educar, reparar y fortalecer el vínculo.
El enfado no es el enemigo. El enemigo es no haber aprendido a gestionarlo. Y esa es una enseñanza que siempre estamos a tiempo de ofrecer a nuestros hijos.


