Hay palabras que utilizamos todos los días casi sin pensar. Forman parte de nuestra manera de relacionarnos con los demás y aparecen de forma automática cuando alguien nos abre una puerta, nos ayuda con una tarea o tiene un gesto amable con nosotros. Una de ellas es gracias.
Sin embargo, resulta curioso que esa palabra, tan presente en nuestras relaciones con otros adultos, aparezca mucho menos de lo que imaginamos en la relación con nuestros hijos. Les damos las gracias cuando nos alcanzan un vaso de agua, cuando recogen la mesa o cuando nos ayudan a llevar las bolsas de la compra. Pero pocas veces les agradecemos algo que, en realidad, les exige un esfuerzo mucho mayor: esperar, aceptar un cambio de planes, tolerar una frustración o adaptarse a una situación que no habían elegido.
«Déjame terminar esto y enseguida estoy contigo»
¿Por qué no agradecemos más veces pequeñas acciones que requieren esfuerzo?Quizá porque damos por hecho que deben hacerlo.
¿Cuántas veces al día decimos a nuestros hijos frases como: «Espera un momento», «Ahora voy» o «Déjame terminar esto y enseguida estoy contigo»?
Son expresiones habituales en cualquier familia. Vivimos con prisas, atendemos llamadas, terminamos un correo, cocinamos, hablamos con otra persona o intentamos acabar una tarea antes de prestarles toda nuestra atención. Ellos, mientras tanto, esperan.
A veces protestan. Otras preguntan una y otra vez cuánto falta. En ocasiones se enfadan y otras consiguen esperar con una paciencia que pasa completamente desapercibida para nosotros. Y es precisamente ahí donde solemos perder una gran oportunidad educativa. Esperar no es una habilidad con la que nacemos. Tampoco lo es aceptar que un plan cambie, comprender que hoy no podemos hacer lo que nos apetecía o renunciar a una recompensa inmediata. Todas esas capacidades forman parte del desarrollo de las funciones ejecutivas del cerebro y necesitan años para consolidarse.
El cerebro adulto se construye en la infancia
Sin embargo, los adultos tendemos a olvidar que aquello que hoy hacemos con relativa facilidad también fue, en algún momento de nuestra vida, un aprendizaje. Nuestro cerebro ha automatizado muchas habilidades que durante la infancia todavía están en construcción. Sabemos posponer una gratificación, controlar impulsos, gestionar mejor la frustración o adaptarnos cuando las cosas no salen como esperábamos. Pero los niños todavía están recorriendo ese camino.
Por eso, cuando un hijo espera unos minutos mientras terminamos una conversación, acepta que hoy no podemos ir al parque porque ha surgido un imprevisto o comprende que necesitamos cambiar un plan familiar, no está haciendo algo insignificante. Está entrenando capacidades que le acompañarán durante toda la vida.
«Ya es mayor, debería saber esperar.»
Y, sin embargo, solemos pasar por alto ese esfuerzo. Con frecuencia pensamos: «Ya es mayor, debería saber esperar.» O «No pasa nada por esperar cinco minutos.»
Probablemente para nosotros no. Pero la cuestión no es cómo vivimos la espera los adultos, sino cómo la vive un cerebro que todavía está aprendiendo a gestionar el tiempo, los deseos y la frustración.La educación emocional nos invita precisamente a cambiar esa mirada.
Nos recuerda que detrás de muchas conductas hay un esfuerzo que no siempre vemos. Y cuando somos capaces de reconocerlo, ayudamos a que nuestros hijos también tomen conciencia de sus propios avances.
Ahí es donde una palabra tan sencilla como gracias adquiere un enorme valor. «Gracias por esperarme. Para mí era importante terminar esto.» «Te agradezco que hayas entendido que hoy necesitábamos cambiar el plan.» «Gracias por comprender que no podíamos hacer lo que querías.»
«He visto el esfuerzo que has hecho.»
No son frases utilizadas para manipular al niño ni para conseguir que obedezca más fácilmente. Tampoco son una recompensa por hacer caso. Son una forma de decirle algo mucho más importante:
«He visto el esfuerzo que has hecho.»
Y sentirse visto es una de las necesidades más profundas de cualquier ser humano. Los niños no solo necesitan sentirse queridos. Necesitan sentir que los adultos somos capaces de reconocer aquello que están intentando aprender, incluso cuando todavía no lo consiguen siempre.
Porque una cosa es poner un límite y otra muy distinta ignorar el esfuerzo que supone aceptarlo.
A veces creemos que reconocer ese esfuerzo puede hacer que los niños se acostumbren a recibir elogios por todo. Sin embargo, existe una diferencia importante entre halagar constantemente cualquier conducta y expresar un agradecimiento sincero cuando observamos un verdadero esfuerzo.
No se trata de convertir el «gracias» en una técnica educativa. Se trata de utilizarlo como una forma de reconocer el proceso de aprendizaje.
Por desgracia, con demasiada frecuencia recurrimos a frases que consiguen justamente lo contrario. «No se puede tener siempre lo que uno quiere.» «Yo, cuando era pequeño, no tenía ni la mitad que tú.» «No es para tanto.»
Es posible que estas expresiones nazcan del cansancio o de la intención de enseñar una lección, pero suelen transmitir un mensaje muy diferente al que pretendemos. Sin darnos cuenta, minimizamos la dificultad que el niño está experimentando y dejamos de reconocer el esfuerzo que está haciendo por adaptarse a una situación que todavía le resulta complicada. Comprender esto no significa evitar las frustraciones. Los niños necesitan vivir pequeñas decepciones porque precisamente así desarrollan la paciencia, la flexibilidad y la tolerancia a la frustración.
«Te veo. Sé que esto no era fácil para ti y valoro el esfuerzo que has hecho.»
Lo que marca la diferencia no es eliminar esas experiencias, sino acompañarlas de una manera que les ayude a sentirse comprendidos.
Cuando un niño percibe que sus padres han visto el esfuerzo que ha hecho por esperar, por aceptar un cambio o por regular su enfado, aumenta la probabilidad de que quiera seguir desarrollando esas capacidades. No porque espere una recompensa, sino porque experimenta algo profundamente humano: la satisfacción de sentirse reconocido.
La infancia necesita seguridad, protección y amor para desarrollarse. Pero el amor no solo se demuestra con abrazos o con tiempo compartido. También se hace visible en pequeños gestos cotidianos que comunican al niño: «Te veo. Sé que esto no era fácil para ti y valoro el esfuerzo que has hecho.»
Quizá educar consista, en muchas ocasiones, en aprender a mirar de otra manera. En dejar de dar por sentado aquello que nuestros hijos todavía están aprendiendo y empezar a reconocer los pequeños avances que pasan desapercibidos en el día a día.
Porque cuando un niño se siente visto, valorado y comprendido, no solo fortalece su autoestima. También desarrolla la confianza necesaria para seguir intentando aquello que hoy todavía le cuesta. Y quizá por eso una de las palabras más sencillas de nuestro vocabulario pueda convertirse también en una de las más educativas.


