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Barcelona. El rol del docente como líder socioemocional

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“Más allá de lo que los libros nos dicen, la vida nos enseña”. Con esta contundente declaración ha empezado la pedagoga Leticia Garcés Larrea una conferencia sobre la educación emocional que ha organizado la Fundación Persona, Sociedad y Cultura, que preside Carmen Valle. “A veces ves la herida, pero no eres capaz de abrazarla”, ha añadido la conferenciante contando una experiencia personal.

Este jueves, la Universidad Abad Oliva CEU ha acogido el evento que ha conducido Nuria Soler, Directora de Memociono –clínica de psicología y coaching infantil y juvenil– junto con su equipo conformado por Laura AlmaCristina Barrau y Miriam Palomar. Es por ello que ha querido agradecer en el acto el apoyo de Laura Amado, Directora de estudios de Grado de Psicología de la mencionada universidad, y el de la Doctora Maite Signes, Vicerectora de Estudiantes y Calidad.

Antes de entrar en materia, la conferenciante ha dejado algo claro: “El docente a veces vive mal una emoción, a veces es un inmaduro emocional”. Por eso utiliza –inconscientemente– con sus alumnos indicaciones como “vete al rincón de pensar” o “no llores que aquí te lo pasarás muy bien”. El docente tiene que conectar con sus alumnos y dejarles expresar sus emociones. “No se trata solo de decirle a un niño que no tiene que pegar a otro, sino de hacerle entender que ese gesto también hace daño”.

Tal como ha explicado Garcés, la educación emocional “significa conocer y conectar con tus propias emociones, aprender a gestionarlas y trabajar la escucha activa”. Así, cuando uno toma conciencia, puede “conseguir que la otra persona vea la realidad desde otro punto de vista”. Entre otras cosas, según ha destacado, hay que desarrollar las competencias emocionales. “Lo último que necesita un niño cuando está agitado es que le digan que se tranquilice cuando no puede”.

¡NO ES TAN FÁCIL COMO PARECE!

Sin embargo, no es tan fácil como parece porque “nos han educado para decir que siempre estamos bien”. En este sentido, Garcés ha apuntado interesantes reflexiones –y reales– como que “si la tristeza no me permite expresar felicidad, la negaré… si el miedo no consigo justificarlo, lo ocultaré… y si no se cumplen mis expectativas, me voy a decepcionar”. Todos los presentes hemos asentido con la cabeza y reído. Es imposible no sentirse identificado en una cosa u otra.

Luego ha recordado una expresión recurrente: “Tampoco hemos salido tan mal”. Según ha indicado la experta, “la decimos porque tenemos miedo al cambio”. Para ejemplificar nuestra laguna emocional ha incluido unos datos. Como, por ejemplo, que en 1998 se consumieron 12 millones de envases de antidepresivos en España. “Prozac es uno de los medicamentos más recurrido”, ha insistido.

Para poner en palabras nuestras emociones, la pegagoga de Navarra ha guiado un breve ejercicio en el que –por grupos– debíamos manifestar una emoción e identificar por qué nos acongojaba. Después de soltar nuestras emociones en pequeño comité nos ha propuesto un juego dirigido a los niños, aunque muy necesario también para los adultos. Es como el “juego de la bomba”, pero con un sombrero. Cuando para la música, la persona que sostiene el sombrero debe reconocer una emoción y encontrar un posible remedio para ella. Al final hemos terminando bailando, saltando, cantando y fundiéndonos en un abrazo. “Así es cómo deben terminar los niños las clases”, ha exclamado Garcés exhausta. “La comunicación positiva nos ayudará a ver la herida y a abrazarla”, ha zanjado entre emotivos aplausos.

 

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