Hogares de acogida. Una segunda oportunidad

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Un hogar de acogida es un lugar donde un menor con una experiencia traumática con su familia biológica, obtiene una segunda oportunidad para restaurar, reparar y olvidar la sensación de abandono en algunos casos, el miedo en otros y la soledad en muchos de ellos. Todas estas emociones vividas se graban como recuerdos en la memoria implícita o inconsciente de los menores y lo más probable es que condicione su forma de relacionarse con el entorno, la manera de percibir la realidad o de sentirse frente a otras personas.

Esta es una de labores más importantes de la familia de acogida: recibir al menor y aceptar su realidad, escuchar para ayudar a reparar y acompañar mientras un nuevo esquema de familia y de interacción se va incorporando en su interior.

La vinculación afectiva es fundamental para entender como se ha desarrollado una persona. Digamos que es como un lazo afectivo que cada bebe tiene con su cuidador por medio del cual sienten seguridad y protección. Hay cuatro tipos diferentes, el apego seguro que lo establecen los progenitores que responden al bebe de forma cariñosa y rápida, atendiendo a las señales del bebé y potenciando así un concepto de sí mismo positivo. Por otro lado está el apego inseguro-ansioso que se da  cuando el progenitor no siempre responde. El apego inseguro-evitativo que se configura con progenitores que marcan una distancia emocional con sus hijos/as y que no responden a sus necesidades y  el apego desorganizado que corresponde a los padres y madres que atemorizan a sus hijos/as.

Es probable que en la mayoría de niños/as de acogida, tengamos apegos inseguros o desorganizados y esto hace que no siempre la comunicación sea fácil entre los miembros de la familia y que los problemas en la convivencia se agudicen.

La frase de Benjamin Franklim nos sirve para ilustrar como podemos educar a los menores en las familias de acogida: Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.

Las familias acogedoras muchas veces quieren y no pueden, buscan un acercamiento sin llegar al menor, ofrecen ayuda y no la reciben o lidian de continuo con problemas de conducta que no saben cómo abordar. Esto resulta frustrante y agotador en muchos casos por eso antes de pretender educar,  hay que tener en cuenta que primero hay que conquistar esa isla en la que viven los menores sumergidos en emociones intensas que no pueden gestionar y experiencias doloras que no pueden olvidar. Para involucrar al menor en una nueva vida, primero tenemos que ser aceptados por él y esto no resulta nada fácil.

La conquista nos permite conectar con el menor a nivel emocional, ser aceptados por él, saber que ahora hay un sitio para nosotros en su interior, que ahora podemos hablar, expresar, ofrecer ayuda y empezar a educar.

Por lo tanto, el primer paso sería vincularse con el menor, para poder reconducir conductas que manifiestan muchas veces el apego inseguro que han desarrollado con sus progenitores y que tanto ha condicionado su forma de relacionarse con el entorno.

Una vez que tenemos claro la importancia del vinculo y la función de la familia de acogida como restauradora de las marcas de una infancia difícil, debemos plantearnos educar diferentes competencias emocionales para que esto le permita ser un adulto resiliente, capaz de sobreponerse al dolor y de demostrar que las experiencias difíciles se superan y también te fortalecen.

Leticia Garcés Larrea

Leer mas: 

Diario de Navarra. 25 de noviembre 2015. Familias de acogida. Colaboramos en este artículo

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